La primera palabra que cayó de mis labios
fue ”tierra”, para sorpresa de mis padres. No fueron papá, mamá, agua: fueron
tierra, polvo, fango. Tierra para tragar de bruces contra el suelo, tierra de
los antepasados nacidos de los surcos, mezclados con semillas y vueltos a los
surcos. Tierra de las cunetas absorbiendo tejidos y botones. Más tarde los balbuceos
modelaron palabras derivadas de la tierra: espacio, distancia, lejanía, y un dolor
diminuto brotó de las encías entre dientes de leche. Con el entrenamiento concienzudo
del paladar pude dar nombre a las sombras que brotaban como tallos enfermos en
la noche y las llamé ”tiempo”. Y así aprendí, muy pronto, a perseguir los cuervos
que guiaron mis pasos.