El día 3 de mayo, en Barcelona, se llevó a cabo la presentación conjunta de dos autores que publicaban en la editorial La Garúa: Rafa Mammos, cuya presentación corría a cargo de Agustín Calvo Galán, y yo, cuyo poemario, fue presentado por José Antonio Arcediano, autor de Los bosques de Wisconsin, La verdad del frío o Suburbio 16.
Este texto bien podría ser el prólogo de Un dios enfrente, ahondando aún más en la deuda de este poemario con el autor de Los bosques de Wisconsin.
José García Obrero
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| José Antonio Arcediano |
Casi todos nos hemos preguntado
alguna vez cuál es la utilidad de la poesía. La poesía es, a veces,
confidencia, confesión (finalmente puede que catarsis). Y ante todo, creo que
la poesía debe ser, en un grado u otro, resistencia. Una resistencia que, desde
el advenimiento de las vanguardias, tiene un componente preponderantemente
estético, aunque toda estética conduce hasta una ética. Pero esto no es lo que
me ha traído hasta aquí. A menudo la poesía roza la clandestinidad, o cuando
menos parece algo clandestino; no hay más que ver la exigua cantidad de público
que se congrega en la mayoría de lecturas o recitales.
Yo creo, humildemente, que la
buena poesía nos ayuda a andar el camino (cómo me desagrada la resonancia
machadiana en esta idea). Nos ayuda a reconocernos (re-conocernos),
redescubrirnos en medio del panorama más o menos desolador, más o menos amable
de la realidad, a re-tomar la conciencia de nuestra realidad, a superarnos (en
el sentido de sobrepasarnos, de ir más allá de lo que meramente hemos sido,
para serlo con plena conciencia o dejar de serlo porque no nos gusta, o porque
nos hace daño).
Es por eso que, cuando leo
“Raíz”, tomo conciencia de mi “yo” más frágil, que, efectivamente, “nace quebrado”, en un mundo invertido
que me escupe a un universo de degradación, y del que no me siento partícipe. Y
me pongo en movimiento, y mi propio movimiento es motor de degradación dentro
de la degradación (algo así como la rotación de la Tierra, simultánea a la
translación). Tomo conciencia de que soy ese tronco que “crece sin raíces”, de cómo esa carencia me hace frágil y me expone
a las sacudidas de una realidad que no para de enviarme golpe tras golpe.
Cuando leo “Aeroplanos” tomo
conciencia (en una especie de crisis baudeleriana) de que la ciencia y la
técnica, que parecían tener que elevarnos, acercarnos a algo superior, nos desengañan cuando se aplican a ensuciar
lo que queda de nuestra pureza con el pretexto de hacer un mundo mejor.
Cuando leo “La caza”, tomo
conciencia de la transformación del hombre (mi transformación como hombre), del
cambio de rol respecto al medio. Tomo conciencia del trauma que conlleva el
relevo generacional. Tomo conciencia de la violencia que desplego como
estrategia para la subsistencia, como modus
vivendi.
Cuando leo “Molde” tomo
conciencia de todo lo que me une a los míos, del origen común (ese “sabor mineral” que conservan nuestras
bocas). Ese sabor mineral que podría llegar incluso al acento que pongo al
pronunciar las palabras de mi idioma. Tomo conciencia de la gran añoranza de
una “existencia
pura” y del virtuosismo en el modo de vida de nuestros ancestros respecto
del medio natural y de la tierra.
Tomo conciencia de que,
efectivamente, nunca heredé esta tierra, y no tomar posesión de la herencia
(sea porque la rechazo, sea porque ha sido dilapidada antes de llegar a mis
manos) me produce una sensación de desarraigo y distanciamiento.
Tomo conciencia de que “somos formas que buscan la llamarada viva”,
o tal vez somos estrictamente (y en sentido heideggeriano)
seres-para-la-muerte.
Y así podría continuar (o podría
haber continuado) enfrentándome al libro de José como si fuera un alter ego con
el que dialogar para sentirme más yo y menos nada, dejándome mojar por esa agua
que viene para arrastrar todas las impurezas y perpetrar un lavado metafísico
de la realidad, aunque acabe convirtiéndose en nieve y helándome con ella, a
pesar de haber intentado crear un “microclima”, un microcosmos a mi medida (a
la medida del “yo”, a la medida del “tú”) que sea una especie de refugio contra
la violencia del entorno (“violencia gratuita”), a pesar que ese refugio no
puede protegerme del movimiento continuo, del devenir, y del destino final que
me aguarda, que es la nada, la nada que “me contiene”, la que me espera al
fondo de la realidad, la que me espera al fondo de mí mismo.
Así podría continuar, digo, pero
prefiero llamar la atención sobre otros aspectos de Un dios enfrente, a saber, aspectos formales que nos permitan ver
que este poemario, además de un texto sugerente, emocionante y lleno de
revelaciones, es además un libro lúcido, equilibrado y maduro. Decía Paul
Auster, a propósito de la poesía de Celan, que “lo inexplicable produce una
poesía que amenaza de forma continua con superar los límites de aquello que
puede expresarse”
(“La poesía del exilio”) y el propio Auster escribió sobre la poesía de
Ungaretti que su inspiración poética “es el silencio, y toda su obra es una
expresión de la inagotable dificultad de la propia expresión” (“Inocencia y
memoria”). “Toda su obra puede considerarse –prosigue Auster- como un esfuerzo
constante por renovar el ser sin destruir su pasado. La preocupación
fundamental de Ungaretti es la búsqueda de una autodefinición espiritual, una
forma de descubrir su propia esencia más allá del tiempo”. Yo creo,
honestamente, que Un dios enfrente está
constantemente en esa tesitura, enfrentándose a la dificultad de lo
inexpresable, batallando entre expresión y silencio, sumergido en una
dialéctica encarnizada, que se resuelve en poesía sentida desde lo más profundo
y semioculta a veces por el enorme peso del silencio a que empujan las grandes
preocupaciones existenciales, pero además, Un
dios enfrente discurre en ese intento de autodefinición espiritual del
“yo”, en esa búsqueda de la propia esencia, trascendiendo la potencia brutal
del devenir, y tratando siempre de salvar aquello del pasado que contribuya a
fijar esa esencia propia e individual.
Otro de los aspectos en los que
hay que valorar la poesía que García Obrero ha vertido en Un dios enfrente es el del lenguaje. Eliot dejó escrito que “la
música de la poesía ha de ser una música latente en el habla cotidiana de su
tiempo. (…) Igual que un escultor, el poeta debe confiar en el material con el
que trabaja: a partir de los sonidos que suele oír tendrá que producir su
melodía y armonía”. (“La música de la poesía”). En ese sentido, los poemas de
García Obrero cumplen a la perfección con el precepto formulado por Eliot, sin
renunciar por ello en absoluto a toda la amplitud y a toda la potencia que
ofrece una herramienta como el idioma castellano, a su riqueza léxica, a sus
complejidades y sofisticaciones sintácticas y a su variedad y pluralidad de
sentidos. Se trata de una poesía profusa en imágenes y en símbolos, en la que
todo significa lo que literalmente se dice y algunas cosas más, y que añade,
puntualmente, un buen uso de otro instrumento muy útil en poesía y que es muy
de mi agrado: la paradoja.
En fin, leyendo Un dios enfrente, además, se me desata
la imaginación. Leo la palabra “agua” y pienso en la tumba de Keats, y su
espléndido epitafio:
“AQUÍ YACE UN HOMBRE CUYO NOMBRE
FUE ESCRITO SOBRE EL AGUA”,
e inmediatamente pienso en Milwaukee (Wisconsin), territorio muy querido
para mí, cuyo nombre deriva de la palabra india Millioke, que significa algo
así como “lugar encontrado por el agua”, y todo ello por el poder evocativo de
la poesía de José García Obrero. El agua es importante en Un dios enfrente, como lo es la tierra. Ambos, símbolos
potentísimos en manos de un excelente poeta. La tierra podría simbolizar la
pertenencia, el arraigo imposible después de un primer verso rotundo y
categórico: “Algo nace quebrado”. La
tierra, el seno en el que aparece un día el “yo”, la superficie sucia y
corrupta de la que debe escapar, porque es un espacio yermo e impuro. El agua
podría simbolizar la regeneración, el agente purificador, la corriente que se
lleva por delante al “yo”, el movimiento que lo desplaza hacia regiones
impensadas del mundo y del espíritu.



