martes, 18 de junio de 2013

"Un dios enfrente" visto por José Antonio Arcediano

 El día 3 de mayo, en Barcelona, se llevó a cabo la presentación conjunta de dos autores que publicaban en la editorial La GarúaRafa Mammos, cuya presentación corría a cargo de Agustín Calvo Galán, y yo, cuyo poemario, fue presentado por José Antonio Arcediano, autor de Los bosques de WisconsinLa verdad del frío o Suburbio 16. 

Este texto bien podría ser el prólogo de Un dios enfrente, ahondando aún más en la deuda  de este poemario con el autor de Los bosques de Wisconsin


José García Obrero

José Antonio Arcediano
     Casi todos nos hemos preguntado alguna vez cuál es la utilidad de la poesía. La poesía es, a veces, confidencia, confesión (finalmente puede que catarsis). Y ante todo, creo que la poesía debe ser, en un grado u otro, resistencia. Una resistencia que, desde el advenimiento de las vanguardias, tiene un componente preponderantemente estético, aunque toda estética conduce hasta una ética. Pero esto no es lo que me ha traído hasta aquí. A menudo la poesía roza la clandestinidad, o cuando menos parece algo clandestino; no hay más que ver la exigua cantidad de público que se congrega en la mayoría de lecturas o recitales.

     Yo creo, humildemente, que la buena poesía nos ayuda a andar el camino (cómo me desagrada la resonancia machadiana en esta idea). Nos ayuda a reconocernos (re-conocernos), redescubrirnos en medio del panorama más o menos desolador, más o menos amable de la realidad, a re-tomar la conciencia de nuestra realidad, a superarnos (en el sentido de sobrepasarnos, de ir más allá de lo que meramente hemos sido, para serlo con plena conciencia o dejar de serlo porque no nos gusta, o porque nos hace daño).

     Es por eso que, cuando leo “Raíz”, tomo conciencia de mi “yo” más frágil, que, efectivamente, “nace quebrado”, en un mundo invertido que me escupe a un universo de degradación, y del que no me siento partícipe. Y me pongo en movimiento, y mi propio movimiento es motor de degradación dentro de la degradación (algo así como la rotación de la Tierra, simultánea a la translación). Tomo conciencia de que soy ese tronco que “crece sin raíces”, de cómo esa carencia me hace frágil y me expone a las sacudidas de una realidad que no para de enviarme golpe tras golpe.

     Cuando leo “Aeroplanos” tomo conciencia (en una especie de crisis baudeleriana) de que la ciencia y la técnica, que parecían tener que elevarnos, acercarnos a algo superior, nos desengañan cuando se aplican a ensuciar lo que queda de nuestra pureza con el pretexto de hacer un mundo mejor.

     Cuando leo “La caza”, tomo conciencia de la transformación del hombre (mi transformación como hombre), del cambio de rol respecto al medio. Tomo conciencia del trauma que conlleva el relevo generacional. Tomo conciencia de la violencia que desplego como estrategia para la subsistencia, como modus vivendi.

     Cuando leo “Molde” tomo conciencia de todo lo que me une a los míos, del origen común (ese “sabor mineral” que conservan nuestras bocas). Ese sabor mineral que podría llegar incluso al acento que pongo al pronunciar las palabras de mi idioma. Tomo conciencia de la gran añoranza de una  “existencia pura” y del virtuosismo en el modo de vida de nuestros ancestros respecto del medio natural y de la tierra.

     Tomo conciencia de que, efectivamente, nunca heredé esta tierra, y no tomar posesión de la herencia (sea porque la rechazo, sea porque ha sido dilapidada antes de llegar a mis manos) me produce una sensación de desarraigo y distanciamiento.

     Tomo conciencia de que “somos formas que buscan la llamarada viva”, o tal vez somos estrictamente (y en sentido heideggeriano) seres-para-la-muerte.

     Y así podría continuar (o podría haber continuado) enfrentándome al libro de José como si fuera un alter ego con el que dialogar para sentirme más yo y menos nada, dejándome mojar por esa agua que viene para arrastrar todas las impurezas y perpetrar un lavado metafísico de la realidad, aunque acabe convirtiéndose en nieve y helándome con ella, a pesar de haber intentado crear un “microclima”, un microcosmos a mi medida (a la medida del “yo”, a la medida del “tú”) que sea una especie de refugio contra la violencia del entorno (“violencia gratuita”), a pesar que ese refugio no puede protegerme del movimiento continuo, del devenir, y del destino final que me aguarda, que es la nada, la nada que “me contiene”, la que me espera al fondo de la realidad, la que me espera al fondo de mí mismo.

     Así podría continuar, digo, pero prefiero llamar la atención sobre otros aspectos de Un dios enfrente, a saber, aspectos formales que nos permitan ver que este poemario, además de un texto sugerente, emocionante y lleno de revelaciones, es además un libro lúcido, equilibrado y maduro. Decía Paul Auster, a propósito de la poesía de Celan, que “lo inexplicable produce una poesía que amenaza de forma continua con superar los límites de aquello que puede expresarse”
(“La poesía del exilio”) y el propio Auster escribió sobre la poesía de Ungaretti que su inspiración poética “es el silencio, y toda su obra es una expresión de la inagotable dificultad de la propia expresión” (“Inocencia y memoria”). “Toda su obra puede considerarse –prosigue Auster- como un esfuerzo constante por renovar el ser sin destruir su pasado. La preocupación fundamental de Ungaretti es la búsqueda de una autodefinición espiritual, una forma de descubrir su propia esencia más allá del tiempo”. Yo creo, honestamente, que Un dios enfrente está constantemente en esa tesitura, enfrentándose a la dificultad de lo inexpresable, batallando entre expresión y silencio, sumergido en una dialéctica encarnizada, que se resuelve en poesía sentida desde lo más profundo y semioculta a veces por el enorme peso del silencio a que empujan las grandes preocupaciones existenciales, pero además, Un dios enfrente discurre en ese intento de autodefinición espiritual del “yo”, en esa búsqueda de la propia esencia, trascendiendo la potencia brutal del devenir, y tratando siempre de salvar aquello del pasado que contribuya a fijar esa esencia propia e individual.

     Otro de los aspectos en los que hay que valorar la poesía que García Obrero ha vertido en Un dios enfrente es el del lenguaje. Eliot dejó escrito que “la música de la poesía ha de ser una música latente en el habla cotidiana de su tiempo. (…) Igual que un escultor, el poeta debe confiar en el material con el que trabaja: a partir de los sonidos que suele oír tendrá que producir su melodía y armonía”. (“La música de la poesía”). En ese sentido, los poemas de García Obrero cumplen a la perfección con el precepto formulado por Eliot, sin renunciar por ello en absoluto a toda la amplitud y a toda la potencia que ofrece una herramienta como el idioma castellano, a su riqueza léxica, a sus complejidades y sofisticaciones sintácticas y a su variedad y pluralidad de sentidos. Se trata de una poesía profusa en imágenes y en símbolos, en la que todo significa lo que literalmente se dice y algunas cosas más, y que añade, puntualmente, un buen uso de otro instrumento muy útil en poesía y que es muy de mi agrado: la paradoja.

      En fin, leyendo Un dios enfrente, además, se me desata la imaginación. Leo la palabra “agua” y pienso en la tumba de Keats, y su espléndido epitafio:

     “AQUÍ YACE UN HOMBRE CUYO NOMBRE FUE ESCRITO SOBRE EL AGUA”,

e inmediatamente pienso en Milwaukee (Wisconsin), territorio muy querido para mí, cuyo nombre deriva de la palabra india Millioke, que significa algo así como “lugar encontrado por el agua”, y todo ello por el poder evocativo de la poesía de José García Obrero. El agua es importante en Un dios enfrente, como lo es la tierra. Ambos, símbolos potentísimos en manos de un excelente poeta. La tierra podría simbolizar la pertenencia, el arraigo imposible después de un primer verso rotundo y categórico: “Algo nace quebrado”. La tierra, el seno en el que aparece un día el “yo”, la superficie sucia y corrupta de la que debe escapar, porque es un espacio yermo e impuro. El agua podría simbolizar la regeneración, el agente purificador, la corriente que se lleva por delante al “yo”, el movimiento que lo desplaza hacia regiones impensadas del mundo y del espíritu.


                                                                J. A. Arcediano. Barcelona, mayo de 2013.  

viernes, 14 de junio de 2013

Presentación de "Salitre" de Salvador J. Tamayo

“La Autovía del Sur por la que lanzaba colillas encendidas desde la ventanilla, para recordar el camino de vuelta, por si le daba por arrepentirse, no era el caso. Se le estaba acabando el sur, tras ocho horas conduciendo se le estaba acabando el sur”.

"Salitre" de Salvador J. Tamayo



sábado, 8 de junio de 2013

Un poema de Rafa Mammos: "No saben"

Casas rivales   poemario de Rafa Mammos, son versos que se van encendiendo a modo de camino; son piedras que alguien coloca cuidadosamente para poder cruzar el río cuando llegue el inverno; es, en definitiva, un paisaje frondoso tras el que el lector intuye el resplandor de una civilización.  


NO SABEN

Las casas que justo ahora se levantan,

multiplicando las paredes en el mundo;

las persianas que alguien está bajando,

sin prisa, golpe a golpe, desde el sueño;

los que corren y dejan polvareda 

a sus espaldas, todos esos

no saben que nos están separando,

con lentitud separándonos

hasta el extremo de la primera vez

que nos encontramos.

Rafa Mammos


jueves, 6 de junio de 2013

Año cero



Dejar aquellas alas pegadas al felpudo
después de restregar con fuerza los zapatos.
Despegar de las suelas restos de cielos limpios,
paseos conjuntados por la ciudad naranja,
nuestras ropas de días que encajan en el otro
como haría Namibia en Rio de Janeiro
si el mundo no sufriera por sus placas tectónicas.

Si el mundo no sufriera por sus placas tectónicas
el exilio sería una noria de agua,
subiríamos de un salto sobre sus cangilones
para dejar un eco de labios en el pozo.
Queda la libertad pegada como un chicle
sobre tabiques, suelos del último pasillo.
Las nubes atrapadas dentro de los remolques
que atraviesan en llamas la ciudad año cero
se duermen con el roce de las grúas mecánicas.

martes, 4 de junio de 2013

"Un dios enfrente" en Koult


De su poe­sía todo nace, se repro­duce y se deforma, en sus ver­sos hasta el agua puede pro­vo­car un incen­dio. Por­que el poeta, sabe escri­bir a la vez que gol­pear, mien­tras intenta reco­no­cerse a sí mismo en el espejo, dónde no hay cris­tal sino el  ros­tro de su enemigo, una epi­der­mis des­ca­mán­dose cada vez un poco más con­forme vamos pasando las páginas.

                    María Mercromina

Reseña completa clikando en la imagen: