Dejar
aquellas alas pegadas al felpudo
después
de restregar con fuerza los zapatos.
Despegar
de las suelas restos de cielos limpios,
paseos
conjuntados por la ciudad naranja,
nuestras
ropas de días que encajan en el otro
como haría
Namibia en Rio de Janeiro
si el
mundo no sufriera por sus placas tectónicas.
Si el
mundo no sufriera por sus placas tectónicas
el
exilio sería una noria de agua,
subiríamos
de un salto sobre sus cangilones
para
dejar un eco de labios en el pozo.
Queda
la libertad pegada como un chicle
sobre tabiques,
suelos del último pasillo.
Las
nubes atrapadas dentro de los remolques
que atraviesan
en llamas la ciudad año cero
se
duermen con el roce de las grúas mecánicas.