Miles
de alas de polvo encendido en colores se dirigen al Norte.
Por el
trayecto ven como la sangre tiñe el río Colorado.
Luego
atisban las aspas de un barco de vapor que surca el Mississippi,
pero no se detienen por más evocador que resulte
el paisaje
porque
persiguen algo que compensa la vida: una rama en el Norte.
Ahora
llenan de nubes el cielo de Kentucky que se posa en el lomo
de
vacas y caballos. Más tarde, con las fuerzas mermadas
por el
paso del tiempo, anhelan el trasiego de los cuerpos tan jóvenes
que
alimentan las calles de Manhattan. Un fulgor crepitante se instala
en sus
antenas desgastadas ahora por el viento salado del East River.
Cruzan
nueva frontera alcanzando por fin el dorado verdor de los bosques
de
Ontario, donde un árbol robusto acogerá las larvas que devendrán orugas.
Las
jugosas crisálidas estallarán en las alas de
jóvenes monarcas
marcadas
con la huella del sol en sus antenas. Mariposas nacidas
para
buscar a tientas las ramas del invierno: el regreso al origen.