José García
Obrero no era un nombre desconocido para mí. Lo había oído mencionar en
lecturas, eventos públicos y
semipúblicos y en reuniones con amigos. O con poetas. Da igual.
Son etiquetas amplias que se disuelven la una en la otra todo el tiempo. Todo el
tiempo pero no en todos los lugares. Aquí, en Santa Coloma, sí, (aunque a veces
parezca o se insista en que parezca que no).
Acúsenme de optimista. O de cándida. Da igual. Son etiquetas también. Hablo más bien de lo que
siento, de lo que veo, de lo que oigo y yo había oído hablar varias veces de
José Obrero (el García, de verdad, se lo comían) pero nunca lo había visto
hasta hoy. Así que ya puedo dar fe de que
existe.
En esta ciudad
existe José todo el tiempo y cada tanto se asoma en alguna mesa. De estas con micrófonos o de las otras, con
viandas. Pero existe, sobre todo, por sus letras. Esas sí que las había visto,
sentido. Las había leído en el contexto colomense del dossier especial que hizo
Jordi Gol y en el que algunos poetas
revisaban -revisábamos- a través de la poesía algunas visiones sobre esta
ciudad. Rodolfo del Hoyo hablaba del cementerio, Jordi Valls de las Cervesses Damm, Joan de la Vega
escribía:
“ruedan las nubes
su rostro cálido
sobre las fachadas
fútiles”
Para Pedro Cano, la banda sonora de
Santa Coloma incluye el Uralita Blues: “Música de agua que nos mordía en
aquellos inviernos” y para el Payaso Manchego surfear en el Besòs es un deporte
habitual. Y así, se construyó una ciudad. No esta, sino la que sentimos que es
esta. Ciudad de letras, creo que la bautizaron.
Parece, por ejemplo, que José en su poema Raíz
habla de esto:
“Algo nace
quebrado:
lo indica esa
montaña cubierta de edificios;
no hay ni un
palmo de tierra limpia para la siembra.
Un descampado, a
veces,interrumpe el paisaje
vertical de
ventanas”
Esa imagen que
podría ser una postal de Singuerlín, también podría serlo de otra ciudad o de
otro fragmento de ciudad. Italo Calvino
decía que “Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos,
signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros
de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías,
son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”
Y así pasa con
los paisajes imaginados de quienes insistimos en cambiar de ciudad. Hacemos un
trueque entre la poesía y los recuerdos. Intercambiamos lo que es por lo que
debió ser. Intentamos que confluyan mapas y parimos territorios imposibles. Escribe José:
“Este parto
odenó toda la geografía.
Este parto
cubrió de órbitas el vientre.
Hay que afanarse
ahora a reesecribir los mapas,
inventar
toponimias, reservar los refugios”.
E incluye también mapas del agua. La sola imagen de “Mapa del agua” ya es
una poesía de la que podrían desprenderse tantísimos otros versos de nube, de
cielo, de lluvia:
“Llorar sobre mojado:
provocar un incendio”
Me llama la atención y me gusta, me gusta muchísimo, que el autor sea capaz
de llevarnos a las nubes pero también de devolvernos al suelo de un golpe. Al cotidiano, a la rutina que se desrutiniza
solo por nombrarla para meterla en una matriushka:
“Como una matriuska, el golpe alberga otros golpes
y màs golpes llegando al escozor infinitesimal:
la lavadora no desagua, el teclado no responde,
el cordón derecho del zapato decidió desprenderse”
Un, al menos para mí, gran poeta de lo cotidiano, Billy Collins, mencionaba
en una entrevista que las cosas que nos
rodean -los árboles, por ejemplo, pero también una escoba o un cubito de
hielo-, pueden encerrar pistas de lo que guarda una realidad mucho más amplia;
nos pueden abrir la puerta a una dimensión espiritual, o por lo menos,
abstracta. Emerson lo llamó “el lenguaje hablado de las cosas”, la capacidad
del mundo material para enseñarnos a trascenderlo.
Y así también José trasciende este mundo material a
partir de la materialidad misma con versos como:
“Veo el teléfono mudo desprendiendo olor a ramitas de
bonsai”
Aunque insertemos muy gustosamente a José en nuestra
geografía colomense, su propia revisión del mundo, de las ciudades, del amor,
de la violencia, configura un universo entrañable. Un sistema redondito y
perfecto. Una visión de aquí, pero también de Córdoba, del salón de casa, de
Roma, del vientre de una muñeca rusa, de un pez al que se le habla. Un
territorio que colinda con los nuestros, hechos con retazos de aquí y de allá y
de mucho más allá.
En cierta forma es extraño que yo, la que no estaba, la nouvinguda (encara no sé fins quan seré
nova i seré benvinguda) sea la que acabe
presentando este poemario. Pero el mundo da estas vueltas y Santa Coloma sabe
de mundos y sabe de vueltas. La gente, va, viene, pero siempre, siempre, se
queda.
Beatriz y su presentación se quedan para siempre.
Su blog: http://flagelodidante.blogspot.com.es/


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