miércoles, 15 de mayo de 2013

"Un dios enfrente" según Beatriz Patraca

El pasado 2 de mayo Un dios enfrente  se presentó "al pie de la montaña cubierta de edificios", en la biblioteca de Singuerlín (Santa Coloma). Como si representaran la idiosincrasia de la ciudad, ahí estaban Jordi Valls y Beatriz Patraca,poeta mexicana y colomense. En ella recayó la enorme responsabilidad de abrir el acto y decidió hacerlo entregando poesía a la poesía. Esta es fue su presentación:




José García Obrero no era un nombre desconocido para mí. Lo había oído mencionar en lecturas, eventos públicos y semipúblicos y en reuniones con amigos. O con poetas. Da igual. Son etiquetas amplias que se disuelven la una en la otra todo el tiempo. Todo el tiempo pero no en todos los lugares. Aquí, en Santa Coloma, sí, (aunque a veces parezca o se insista en que parezca que no).  Acúsenme de optimista. O de cándida. Da igual. Son etiquetas también. Hablo más bien de lo que siento, de lo que veo, de lo que oigo y yo había oído hablar varias veces de José Obrero (el García, de verdad, se lo comían) pero nunca lo había visto hasta hoy.  Así que ya puedo dar fe de que existe.

En esta ciudad existe José todo el tiempo y cada tanto se asoma en alguna mesa.  De estas con micrófonos o de las otras, con viandas. Pero existe, sobre todo, por sus letras. Esas sí que las había visto, sentido. Las había leído en el contexto colomense del dossier especial que hizo Jordi Gol y en el que algunos poetas revisaban -revisábamos- a través de la poesía algunas visiones sobre esta ciudad. Rodolfo del Hoyo hablaba del cementerio, Jordi Valls de las Cervesses Damm, Joan de la Vega escribía:

“ruedan las nubes
su rostro cálido
sobre las fachadas
fútiles”

 Para Pedro Cano, la banda sonora de Santa Coloma incluye el Uralita Blues: “Música de agua que nos mordía en aquellos inviernos” y para el Payaso Manchego surfear en el Besòs es un deporte habitual. Y así, se construyó una ciudad. No esta, sino la que sentimos que es esta. Ciudad de letras, creo que la bautizaron.

 Parece, por ejemplo, que José en su poema Raíz habla de esto:

“Algo nace quebrado:
lo indica esa montaña cubierta de edificios;
no hay ni un palmo de tierra limpia para la siembra.
Un descampado, a veces,interrumpe el paisaje
vertical de ventanas”

Esa imagen que podría ser una postal de Singuerlín, también podría serlo de otra ciudad o de otro fragmento de ciudad.  Italo Calvino decía que “Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”

Y así pasa con los paisajes imaginados de quienes insistimos en cambiar de ciudad. Hacemos un trueque entre la poesía y los recuerdos. Intercambiamos lo que es por lo que debió ser. Intentamos que confluyan mapas y parimos territorios imposibles. Escribe José:

“Este parto odenó toda la geografía.
Este parto cubrió de órbitas el vientre.
Hay que afanarse ahora a reesecribir los mapas,
inventar toponimias, reservar los refugios”.

E incluye también mapas del agua. La sola imagen de “Mapa del agua” ya es una poesía de la que podrían desprenderse tantísimos otros versos de nube, de cielo, de lluvia:

“Llorar sobre mojado:
provocar un incendio”

Me llama la atención y me gusta, me gusta muchísimo, que el autor sea capaz de llevarnos a las nubes pero también de devolvernos al suelo de un golpe.  Al cotidiano, a la rutina que se desrutiniza solo por nombrarla para meterla en una matriushka:

“Como una matriuska, el golpe alberga otros golpes
y màs golpes llegando al escozor infinitesimal:
la lavadora no desagua, el teclado no responde,
el cordón derecho del zapato decidió desprenderse”

Un, al menos para mí, gran poeta de lo cotidiano, Billy Collins, mencionaba en una entrevista que las cosas que nos rodean -los árboles, por ejemplo, pero también una escoba o un cubito de hielo-, pueden encerrar pistas de lo que guarda una realidad mucho más amplia; nos pueden abrir la puerta a una dimensión espiritual, o por lo menos, abstracta. Emerson lo llamó “el lenguaje hablado de las cosas”, la capacidad del mundo material para enseñarnos a trascenderlo.

Y así también José trasciende este mundo material a partir de la materialidad misma con versos como:

“Veo el teléfono mudo desprendiendo olor a ramitas de bonsai”

Aunque insertemos muy gustosamente a José en nuestra geografía colomense, su propia revisión del mundo, de las ciudades, del amor, de la violencia, configura un universo entrañable. Un sistema redondito y perfecto. Una visión de aquí, pero también de Córdoba, del salón de casa, de Roma, del vientre de una muñeca rusa, de un pez al que se le habla. Un territorio que colinda con los nuestros, hechos con retazos de aquí y de allá y de mucho más allá.

En cierta forma es extraño que yo, la que no estaba, la nouvinguda (encara no sé fins quan seré nova i seré benvinguda)  sea la que acabe presentando este poemario. Pero el mundo da estas vueltas y Santa Coloma sabe de mundos y sabe de vueltas. La gente, va, viene, pero siempre, siempre, se queda.



Beatriz y su presentación se quedan para siempre.

Su blog: http://flagelodidante.blogspot.com.es/





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