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martes, 28 de mayo de 2013

"Un dios enfrente" visto por Jordi Valls





Un dios enfrente es un libro complejo que parte de una sospecha fundada en el desarraigo de la persona del mundo natural. El primer bloque del libro “Tierra en tránsito” subdividido en “Tierra en tránsito” y “Microclima” muestra un evidente desasosiego existencial, la densidad de los versos nos ofrecen unas imágenes contundentes y elaboradas, el poema “Raíz” nos advierte: “Algo nace quebrado”, y más adelante nos va dejando pistas: “Un descampado es una tierra podrida;/ ningún loco pretende ahondar bajo sus piedras/ y enterrar la semilla de la fruta del miedo.” El poeta nos va dejando elementos que constituyen un todo coherente: “montaña cubierta de edificios, siembra, paisaje vertical de ventanas, semilla, fruta del miedo, acera, la respuesta es el tronco que crece sin raíces…” El árbol de la vida se va dibujando poco a poco, hay algo que madura entre el artificio de los despojos, de forma desnaturalizada y que trae consecuencias imprevisibles. En el poema “Aeroplanos” la verticalidad carece de contacto con la tierra, a no ser por la mirada, el poeta envidia la posibilidad de elevación del piloto, como ya lo hizo Yeats o Wallace Stevens, el poeta, como el aviador, sustituyen al albatros de Baudelaire, el rey de las alturas, advenedizo,  moderno, “El aire, qué misterio que el piloto atesora” y a la que el poeta aspira aun en su deseo romántico de superar “las cadenas tróficas” de verter las visiones, aunque duelan  “Que dolor inconcreto sorprendiéndonos juntos/ cuando el piloto lanza sobre nuestras cortezas/ chorros de insecticida para desengañarnos.” El poema “La caza” vuelve a la tierra y las imágenes concretas del árbol “hojas picudas de una encina, tallos creciendo, ramas manchadas, mi padre es un tubérculo, raíces al aire…” tras la descripción del lugar, aparece la iniciación del hijo en el drama del hambre, de la supervivencia, ese paso necesita de la pérdida de la inocencia, así el padre asciende en el hijo: “Luego sirvo a mi padre que se alegra en secreto/ del temblor de mis manos manchadas por los bordes./ Comemos con orgullo en los tiempos de caza.” Pero es en el poema “Molde” dónde el poeta se define y define con un lenguaje mas dialéctico, menos simbolista “Los padres se parecen a sus padres /los hijos se asemejan a su espejo…” un espejo que le recuerda el nexo con el orígen “Pero a ambos nos une el suelo que nos alza:/ nuestras bocas conservan su sabor mineral.” Entonces, el poeta se detiene ante el padre y lo describe como tubérculo que trabaja enraizado a la tierra “…bregar con esta tierra que se adhiera a mis suelas/ tan roja y tan ajena como sangre de un cuervo.” Auque la realidad del poeta es otra: “Nunca heredé esta tierra” y se define como el trotamundos que es: “Nací con las raíces enfermas de distancia.” Esa necesidad de ser más allá de la predestinación del orígen, de alguna forma se encuentra conformada en padre e hijo. “…Nada aprendimos juntos sobre las coordenadas;/ somos formas volubles en manos de alfareros/ que se entrelazan cuando el horno se enciende./ Somos formas que buscan la llamarada viva.” 

El segundo apartado de la primera parte “Microclima” no ceja en la densidad imaginística, aunque el interés cambia de orientación. Aparece el amor, y aparece fulminante como un fulgor que rompe espacio/ tiempo “deshojamos el tiempo jugando con la luz”, como un deseo de “Distancia” mínima, de “archipielago de nuestras salivas” en resumen, intimidad compartida, llegando a imágenes de un lirismo extremo “Ahora eres fruta dulce que pende en las farolas/ Yo soy el tallo en sombra que trepa en las fachadas.” Así en el momento en que la distancia es mínima se construye el “Microclima”, la intimidad del amor. Hay una necesidad de converger hacia ese espacio nuevo creado, las imágenes se disparan des de “La muralla/ Cairúan” al “Parto”. “Este parto ordenó toda la geografía” y en otro verso “Juntos nuestros dedos viajarán hacia el Norte.”

“Mapa de agua” es la segunda parte del libro y se abre con dos citas poderosas: una bella exaltación de la presencia mágica del amor de Vicente Aleixandre, y una mirada metafísica y enigmática de Octavio Paz: “las aguas inundadas por el agua, /aniquilando lo que finge el agua ” Al principio hemos tratado la sospecha del autor, la necesidad de que la magia como sugiere en el poema “Génesis” incendie la sangre a partir del agua “…debe surgir el agua entre las formas ígneas.” 

El agua deseada de forma obsesiva aparece vertical hacia abajo, es la lluvia, pero la lluvia aterra “Tienes miedo de la lluvia”, también el agua adopta otras formas como el “Afluente” aunque esa agua fluye desde el poeta, “Ahora toca buscar / un afluente.” El poeta que parte del miedo de la lluvia se desentumece, des del afluente y se ofrece desbordándose en “Ríos”, “El río se desborda e inunda ciudades/ y todo es agua ya, todo se limpia/ y todo es luz que fluye de sus manos.” Hay una necesidad de engendrar en esa agua. Esta cartografía del agua en todas sus posibilidades de acción y dimensión, representa el mundo simbólico del poeta, poemas como “Pez”, “Mojado”, “Subterránea”, “Aléjate”, “Medusa” son una proyección fantástica de imágenes increíbles. Pero al mismo tiempo, vemos en “Desierto”, poema que lleva una cita de José Antonio Arcediano, la impotencia de no poder o no saber saciar la necesidad de amor y la dureza alcanza extremos desoladores “Pero yo soy el vaso, soy el jarrón, soy la copa/ que cae al suelo desde sus manos ásperas.” Los poemas:  “Isla”, “Vaivén”, “Sobremojado”: “Llorar sobre mojado: / provocar un incendio.” Poemas lúcidos, no exentos de sorprendente imaginería “Mapa del agua”, “Apocalipsis”, desgarrados, poseídos por la úlcera que lleva el discurso a la desolación. Y el magnífico “Epílogo(Nieve)” que cierra esta segunda parte con el poema “Caudal” un quejío lento, áspero y bello.    

La tercera parte, cuyo título me resulta familiar “Violencia gratuita” arranca con dos citas una de un gran autor José Ángel Valente, y de un autor de cuyo nombre no debo acordarme por pudor. El primer poema de esta parte  “Violencia grauita” es un canto a los hombres huecos, urbanos, modernos, vacíos, rutinarios, resuena el T.S Eliot de “The waste land”, y el sorprendente García Lorca de “Poeta en Nueva York”, así pues, “Matriuska” dónde una idea mecanicista y autómata de adueña del poeta como si fuera un esparring compulsivo, o “Límites” dónde ahonda en la resistencia del superviviente. “Cerca” que refleja el contraste entre un mundo indiferente de las pasiones y la pasión misma. “Garras” el uso del sarcasmo para dirimir la deslealtad de la atracción física. “Cuerpo” dónde empatiza con la víctima por el dolor causado. “Supermercado” y el deseo volcado en la belleza y necesidad cotidiana. “Recursos humanos” y una denuncia de la agresión que representa el mundo laboral, no exento de un sarcasmo fulminante “Que levante la mano el voluntario/ que detenga mis golpes.” “Circo” la vida diaria planteada como un espectáculo dónde actuamos mientras volcamos ideas y pensamientos fuera de la realidad tangible. El fracaso en “A little bite in my heart” dónde rayo y tarántula acaba por consumirnos. “Río Amarillo” y “Camino” ahondan aun más en esa mirada de hombre vacío, urbano, incapaz de amar y expropiado de su propia humanidad. 

La cuarta parte del libro “La nada me contiene” se inaugura con una cita de María Lainá “…Vacío en todas partes/ la nada me contiene” la continuidad en el discurso se hace evidente, el círculo, no obstante, es cada vez más concéntrico, más taciturno. Así lo anuncia el poema “Antena”, se materializa en “Soluble” llegando a la desintegración de la existencia misma., o en “Translúcido” dónde afirma “Lo que deseo y obtengo se derrite en el cuarto.” La deriva de la gravitación en el poema “Centro” : “Las redes se deshacen en los límites:/ todo apunta hacia el/ fondo.” En el poema “Hueco” analizando esa identidad artificial, recreada en la crisis existencial: “Me camina mi sombra me pasa por encima y me dobla a la izquierda.”  O bien en “Silencio” dónde las partículas ingrávidas aparecen como un espacio de tregua. En “Hilo” a partir de una cita enigmática de Chantal Maillard, vemos como lo pequeño, lo insignificante adquiere la centralidad de la mirada. En “Cáscara” el poeta nos dice “Necesitas rendirte sobre una balsa de aire, / Aprovecha este día propício al abandono.” O en el poema culminante Un dios enfente, que nos da la última clave del libro en la cita de Màrius Sampere: “Conozco al enemigo pero no sé quien soy.” 
  
El poeta nos va desacelerando en este viaje, como un apagarse en una atracción de la montaña rusa, nos lleva a ese rendirse ante la sencillez de enfocar hacia el entorno inmediato, quizás para aceptar la complejidad de lo que nos sucede sin más equipaje que la mirada irónica ante la tormenta inacabable. Un canto final que recuerda al de John Huston en el monólogo de la magnífica adaptación cinematográfica del “Dublineses” de James Joyce.

El poeta termina su ciclo como lo inicia pero el cambio es la transformación de ese hombre que mira al espejo y ve “un dios enfrente” al que acaba de reconocer.
Estamos pues, delante de un gran libro, dónde el poeta libra su último combate y como el boxeador que sabe que perderá pero asume su destino, sube al ring y nos ofrece la derrota más bella y entrañable, ante si mismo. Enhorabuena, José poeta y amigo!



miércoles, 15 de mayo de 2013

"Un dios enfrente" según Beatriz Patraca

El pasado 2 de mayo Un dios enfrente  se presentó "al pie de la montaña cubierta de edificios", en la biblioteca de Singuerlín (Santa Coloma). Como si representaran la idiosincrasia de la ciudad, ahí estaban Jordi Valls y Beatriz Patraca,poeta mexicana y colomense. En ella recayó la enorme responsabilidad de abrir el acto y decidió hacerlo entregando poesía a la poesía. Esta es fue su presentación:




José García Obrero no era un nombre desconocido para mí. Lo había oído mencionar en lecturas, eventos públicos y semipúblicos y en reuniones con amigos. O con poetas. Da igual. Son etiquetas amplias que se disuelven la una en la otra todo el tiempo. Todo el tiempo pero no en todos los lugares. Aquí, en Santa Coloma, sí, (aunque a veces parezca o se insista en que parezca que no).  Acúsenme de optimista. O de cándida. Da igual. Son etiquetas también. Hablo más bien de lo que siento, de lo que veo, de lo que oigo y yo había oído hablar varias veces de José Obrero (el García, de verdad, se lo comían) pero nunca lo había visto hasta hoy.  Así que ya puedo dar fe de que existe.

En esta ciudad existe José todo el tiempo y cada tanto se asoma en alguna mesa.  De estas con micrófonos o de las otras, con viandas. Pero existe, sobre todo, por sus letras. Esas sí que las había visto, sentido. Las había leído en el contexto colomense del dossier especial que hizo Jordi Gol y en el que algunos poetas revisaban -revisábamos- a través de la poesía algunas visiones sobre esta ciudad. Rodolfo del Hoyo hablaba del cementerio, Jordi Valls de las Cervesses Damm, Joan de la Vega escribía:

“ruedan las nubes
su rostro cálido
sobre las fachadas
fútiles”

 Para Pedro Cano, la banda sonora de Santa Coloma incluye el Uralita Blues: “Música de agua que nos mordía en aquellos inviernos” y para el Payaso Manchego surfear en el Besòs es un deporte habitual. Y así, se construyó una ciudad. No esta, sino la que sentimos que es esta. Ciudad de letras, creo que la bautizaron.

 Parece, por ejemplo, que José en su poema Raíz habla de esto:

“Algo nace quebrado:
lo indica esa montaña cubierta de edificios;
no hay ni un palmo de tierra limpia para la siembra.
Un descampado, a veces,interrumpe el paisaje
vertical de ventanas”

Esa imagen que podría ser una postal de Singuerlín, también podría serlo de otra ciudad o de otro fragmento de ciudad.  Italo Calvino decía que “Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos”

Y así pasa con los paisajes imaginados de quienes insistimos en cambiar de ciudad. Hacemos un trueque entre la poesía y los recuerdos. Intercambiamos lo que es por lo que debió ser. Intentamos que confluyan mapas y parimos territorios imposibles. Escribe José:

“Este parto odenó toda la geografía.
Este parto cubrió de órbitas el vientre.
Hay que afanarse ahora a reesecribir los mapas,
inventar toponimias, reservar los refugios”.

E incluye también mapas del agua. La sola imagen de “Mapa del agua” ya es una poesía de la que podrían desprenderse tantísimos otros versos de nube, de cielo, de lluvia:

“Llorar sobre mojado:
provocar un incendio”

Me llama la atención y me gusta, me gusta muchísimo, que el autor sea capaz de llevarnos a las nubes pero también de devolvernos al suelo de un golpe.  Al cotidiano, a la rutina que se desrutiniza solo por nombrarla para meterla en una matriushka:

“Como una matriuska, el golpe alberga otros golpes
y màs golpes llegando al escozor infinitesimal:
la lavadora no desagua, el teclado no responde,
el cordón derecho del zapato decidió desprenderse”

Un, al menos para mí, gran poeta de lo cotidiano, Billy Collins, mencionaba en una entrevista que las cosas que nos rodean -los árboles, por ejemplo, pero también una escoba o un cubito de hielo-, pueden encerrar pistas de lo que guarda una realidad mucho más amplia; nos pueden abrir la puerta a una dimensión espiritual, o por lo menos, abstracta. Emerson lo llamó “el lenguaje hablado de las cosas”, la capacidad del mundo material para enseñarnos a trascenderlo.

Y así también José trasciende este mundo material a partir de la materialidad misma con versos como:

“Veo el teléfono mudo desprendiendo olor a ramitas de bonsai”

Aunque insertemos muy gustosamente a José en nuestra geografía colomense, su propia revisión del mundo, de las ciudades, del amor, de la violencia, configura un universo entrañable. Un sistema redondito y perfecto. Una visión de aquí, pero también de Córdoba, del salón de casa, de Roma, del vientre de una muñeca rusa, de un pez al que se le habla. Un territorio que colinda con los nuestros, hechos con retazos de aquí y de allá y de mucho más allá.

En cierta forma es extraño que yo, la que no estaba, la nouvinguda (encara no sé fins quan seré nova i seré benvinguda)  sea la que acabe presentando este poemario. Pero el mundo da estas vueltas y Santa Coloma sabe de mundos y sabe de vueltas. La gente, va, viene, pero siempre, siempre, se queda.



Beatriz y su presentación se quedan para siempre.

Su blog: http://flagelodidante.blogspot.com.es/