Un dios enfrente es un libro complejo que parte de una sospecha fundada en el desarraigo de la persona del mundo natural. El primer bloque del libro “Tierra en tránsito” subdividido en “Tierra en tránsito” y “Microclima” muestra un evidente desasosiego existencial, la densidad de los versos nos ofrecen unas imágenes contundentes y elaboradas, el poema “Raíz” nos advierte: “Algo nace quebrado”, y más adelante nos va dejando pistas: “Un descampado es una tierra podrida;/ ningún loco pretende ahondar bajo sus piedras/ y enterrar la semilla de la fruta del miedo.” El poeta nos va dejando elementos que constituyen un todo coherente: “montaña cubierta de edificios, siembra, paisaje vertical de ventanas, semilla, fruta del miedo, acera, la respuesta es el tronco que crece sin raíces…” El árbol de la vida se va dibujando poco a poco, hay algo que madura entre el artificio de los despojos, de forma desnaturalizada y que trae consecuencias imprevisibles. En el poema “Aeroplanos” la verticalidad carece de contacto con la tierra, a no ser por la mirada, el poeta envidia la posibilidad de elevación del piloto, como ya lo hizo Yeats o Wallace Stevens, el poeta, como el aviador, sustituyen al albatros de Baudelaire, el rey de las alturas, advenedizo, moderno, “El aire, qué misterio que el piloto atesora” y a la que el poeta aspira aun en su deseo romántico de superar “las cadenas tróficas” de verter las visiones, aunque duelan “Que dolor inconcreto sorprendiéndonos juntos/ cuando el piloto lanza sobre nuestras cortezas/ chorros de insecticida para desengañarnos.” El poema “La caza” vuelve a la tierra y las imágenes concretas del árbol “hojas picudas de una encina, tallos creciendo, ramas manchadas, mi padre es un tubérculo, raíces al aire…” tras la descripción del lugar, aparece la iniciación del hijo en el drama del hambre, de la supervivencia, ese paso necesita de la pérdida de la inocencia, así el padre asciende en el hijo: “Luego sirvo a mi padre que se alegra en secreto/ del temblor de mis manos manchadas por los bordes./ Comemos con orgullo en los tiempos de caza.” Pero es en el poema “Molde” dónde el poeta se define y define con un lenguaje mas dialéctico, menos simbolista “Los padres se parecen a sus padres /los hijos se asemejan a su espejo…” un espejo que le recuerda el nexo con el orígen “Pero a ambos nos une el suelo que nos alza:/ nuestras bocas conservan su sabor mineral.” Entonces, el poeta se detiene ante el padre y lo describe como tubérculo que trabaja enraizado a la tierra “…bregar con esta tierra que se adhiera a mis suelas/ tan roja y tan ajena como sangre de un cuervo.” Auque la realidad del poeta es otra: “Nunca heredé esta tierra” y se define como el trotamundos que es: “Nací con las raíces enfermas de distancia.” Esa necesidad de ser más allá de la predestinación del orígen, de alguna forma se encuentra conformada en padre e hijo. “…Nada aprendimos juntos sobre las coordenadas;/ somos formas volubles en manos de alfareros/ que se entrelazan cuando el horno se enciende./ Somos formas que buscan la llamarada viva.”
El segundo apartado de la primera parte “Microclima” no ceja en la densidad
imaginística, aunque el interés cambia de orientación. Aparece el amor, y
aparece fulminante como un fulgor que rompe espacio/ tiempo “deshojamos el
tiempo jugando con la luz”, como un deseo de “Distancia” mínima, de
“archipielago de nuestras salivas” en resumen, intimidad compartida, llegando a
imágenes de un lirismo extremo “Ahora eres fruta dulce que pende en las
farolas/ Yo soy el tallo en sombra que trepa en las fachadas.” Así en el
momento en que la distancia es mínima se construye el “Microclima”, la
intimidad del amor. Hay una necesidad de converger hacia ese espacio nuevo
creado, las imágenes se disparan des de “La muralla/ Cairúan” al “Parto”. “Este
parto ordenó toda la geografía” y en otro verso “Juntos nuestros dedos viajarán
hacia el Norte.”
“Mapa de agua” es la segunda parte del libro y se abre con dos citas
poderosas: una bella exaltación de la presencia mágica del amor de Vicente
Aleixandre, y una mirada metafísica y enigmática de Octavio Paz: “las aguas
inundadas por el agua, /aniquilando lo que finge el agua ” Al principio hemos
tratado la sospecha del autor, la necesidad de que la magia como sugiere en el
poema “Génesis” incendie la sangre a partir del agua “…debe surgir el agua
entre las formas ígneas.”
El agua deseada de forma obsesiva aparece vertical hacia abajo, es la
lluvia, pero la lluvia aterra “Tienes miedo de la lluvia”, también el agua
adopta otras formas como el “Afluente” aunque esa agua fluye desde el poeta, “Ahora
toca buscar / un afluente.” El poeta que parte del miedo de la lluvia se
desentumece, des del afluente y se ofrece desbordándose en “Ríos”, “El río se
desborda e inunda ciudades/ y todo es agua ya, todo se limpia/ y todo es luz
que fluye de sus manos.” Hay una necesidad de engendrar en esa agua. Esta
cartografía del agua en todas sus posibilidades de acción y dimensión,
representa el mundo simbólico del poeta, poemas como “Pez”, “Mojado”, “Subterránea”,
“Aléjate”, “Medusa” son una proyección fantástica de imágenes increíbles. Pero
al mismo tiempo, vemos en “Desierto”, poema que lleva una cita de José Antonio
Arcediano, la impotencia de no poder o no saber saciar la necesidad de amor y
la dureza alcanza extremos desoladores “Pero yo soy el vaso, soy el jarrón, soy
la copa/ que cae al suelo desde sus manos ásperas.” Los poemas: “Isla”, “Vaivén”, “Sobremojado”: “Llorar
sobre mojado: / provocar un incendio.” Poemas lúcidos, no exentos de
sorprendente imaginería “Mapa del agua”, “Apocalipsis”, desgarrados, poseídos
por la úlcera que lleva el discurso a la desolación. Y el magnífico
“Epílogo(Nieve)” que cierra esta segunda parte con el poema “Caudal” un quejío
lento, áspero y bello.
La tercera parte, cuyo título me resulta familiar “Violencia gratuita”
arranca con dos citas una de un gran autor José Ángel Valente, y de un autor de
cuyo nombre no debo acordarme por pudor. El primer poema de esta parte “Violencia grauita” es un canto a los hombres
huecos, urbanos, modernos, vacíos, rutinarios, resuena el T.S Eliot de “The
waste land”, y el sorprendente García Lorca de “Poeta en Nueva York”, así pues,
“Matriuska” dónde una idea mecanicista y autómata de adueña del poeta como si
fuera un esparring compulsivo, o “Límites” dónde ahonda en la resistencia del
superviviente. “Cerca” que refleja el contraste entre un mundo indiferente de
las pasiones y la pasión misma. “Garras” el uso del sarcasmo para dirimir la
deslealtad de la atracción física. “Cuerpo” dónde empatiza con la víctima por
el dolor causado. “Supermercado” y el deseo volcado en la belleza y necesidad
cotidiana. “Recursos humanos” y una denuncia de la agresión que representa el
mundo laboral, no exento de un sarcasmo fulminante “Que levante la mano el
voluntario/ que detenga mis golpes.” “Circo” la vida diaria planteada como un
espectáculo dónde actuamos mientras volcamos ideas y pensamientos fuera de la
realidad tangible. El fracaso en “A little bite in my heart” dónde rayo y
tarántula acaba por consumirnos. “Río Amarillo” y “Camino” ahondan aun más en
esa mirada de hombre vacío, urbano, incapaz de amar y expropiado de su propia
humanidad.
La cuarta parte del libro “La nada me contiene” se inaugura con una cita de
María Lainá “…Vacío en todas partes/ la nada me contiene” la continuidad en el
discurso se hace evidente, el círculo, no obstante, es cada vez más
concéntrico, más taciturno. Así lo anuncia el poema “Antena”, se materializa en
“Soluble” llegando a la desintegración de la existencia misma., o en
“Translúcido” dónde afirma “Lo que deseo y obtengo se derrite en el cuarto.” La
deriva de la gravitación en el poema “Centro” : “Las redes se deshacen en los
límites:/ todo apunta hacia el/ fondo.” En el poema “Hueco” analizando esa
identidad artificial, recreada en la crisis existencial: “Me camina mi sombra
me pasa por encima y me dobla a la izquierda.”
O bien en “Silencio” dónde las partículas ingrávidas aparecen como un
espacio de tregua. En “Hilo” a partir de una cita enigmática de Chantal
Maillard, vemos como lo pequeño, lo insignificante adquiere la centralidad de
la mirada. En “Cáscara” el poeta nos dice “Necesitas rendirte sobre una balsa
de aire, / Aprovecha este día propício al abandono.” O en el poema
culminante Un dios enfente, que nos da la última clave del libro en la cita de
Màrius Sampere: “Conozco al enemigo pero no sé quien soy.”
El poeta nos va desacelerando en este viaje, como un apagarse en una
atracción de la montaña rusa, nos lleva a ese rendirse ante la sencillez de
enfocar hacia el entorno inmediato, quizás para aceptar la complejidad de lo
que nos sucede sin más equipaje que la mirada irónica ante la tormenta
inacabable. Un canto final que recuerda al de John Huston en el monólogo de la
magnífica adaptación cinematográfica del “Dublineses” de James Joyce.
El poeta termina su ciclo como lo inicia pero el cambio es la
transformación de ese hombre que mira al espejo y ve “un dios enfrente” al que
acaba de reconocer.
Estamos pues, delante de un gran libro, dónde el poeta libra su último
combate y como el boxeador que sabe que perderá pero asume su destino, sube al
ring y nos ofrece la derrota más bella y entrañable, ante si mismo.
Enhorabuena, José poeta y amigo!


